Alcoholismo en la Mujer

AA para la Mujer
Esta literatura está aprobada por la Conferencia de Servicios Generales de A.A.

¿UN PROBLEMA CON LA BEBIDA?
1. ¿Compras licores en diferentes lugares para que nadie sepa cuánto compras?
2. ¿Escondes botellas vacías y las tiras en secreto?
3. ¿Planeas de antemano “recompensarte” con algunos tragos después de haber trabajado muy duro en la casa?
4. ¿Eres a menudo muy permisiva con tus hijos porque te sientes culpable de tu comportamiento cuando bebías?
5. ¿Sufres de lagunas mentales — períodos de los que no tienes ningún recuerdo?
6. ¿Has llamado alguna vez a la anfitriona de una fiesta al día siguiente, para averiguar si ofendiste a alguien, si te comportaste como una tonta?
7. ¿Tomas unos cuantos tragos antes de ir a una fiesta, cuando sabes que se van a servir bebidas alcohólicas?
8. ¿Te encuentras más graciosa y atractiva cuando bebes?
9. ¿Te entra pánico en los días en que no puedes beber, cuando, por ejemplo, haces una visita a tus parientes?
10. ¿Inventas ocasiones para beber, invitando, por ejemplo, a amigos a almorzar, a cenar, o a unos cócteles en tu casa?
11. Al encontrarte con otras personas, ¿te niegas a leer artículos o ver películas o programas de TV que tratan de alcohólicas, aunque los lees o los ves cuando
estás sola?
12. ¿Has llevado alguna vez botellas de licor en tu bolso?
13. ¿Te pones a la defensiva cuando alguien hace referencia a tu manera de beber?
14. ¿Bebes cuando te sientes presionada, o después de una disputa?
15. ¿Conduces aunque hayas estado bebiendo, pero sintiéndote segura de que tienes dominio completo de ti misma?

De una crónica de Ann Landers, publicada en
Newsday, reproducida con permiso del Field
Papers Syndicate.

NO ESTAS SOLA

Si te parece que tienes un problema con la bebida —

si tienes la sospecha de que el beber pueda ser uno

de tus problemas — vas a leer en este folleto historias

de mujeres que en una época tuvieron las mismas

dudas y sensaciones que ahora tienes.

Por distintas que fuesen, unas de otras, todas llegaron

al punto en que tuvieron que reconocer el

hecho de que el alcohol afectaba gravemente sus

vidas. Para todas estas mujeres — jóvenes, viejas, de

mediana edad, amas de casa, estudiantes, profesionales,

ricas y pobres, de diversa procedencia étnica

y condición social — hubo una única respuesta. A

través del sencillo programa de Alcohólicos Anónimos,

encontraron un método para dejar de beber,

para mantenerse sobrias, y para crearse en sobriedad

una vida más llena y gratificadora de lo que

cualquiera de ellas se hubiera podido imaginar.

Puede que la palabra “alcohólica” te desconcierte.

Para mucha gente, todavía significa persona sin carácter,

o paria. Particularmente al aplicarse a las mujeres,

este concepto erróneo es aún bastante común. Por lo

general, la sociedad tiende a considerar al borracho

con tolerancia o incluso como algo divertido, pero

siente repugnancia por la mujer que se encuentra en

la misma condición. Más trágico aún es que la mujer

a menudo comparte este prejuicio. La pesada carga

de culpabilidad que lleva cada bebedor alcohólico, en

el caso de la mujer a menudo se duplica.

Las mujeres de A.A. se han quitado la carga paralizante

de la culpabilidad no justificada. Se han enterado

de un hecho médico que se refiere a sí mismas.

El alcoholismo en sí no es cuestión de moral o de

costumbres (aunque sin duda las afecta). El alcoholismo

es un problema de salud. Es una enfermedad,

y como tal ha sido descrita por la Asociación

Médica Norteamericana, y la Asociación Médica de

Gran Bretaña.

Esta definición ya no es revolucionaria. Ha tenido

ya mucha prensa, y la mayoría de la gente la acepta —

casi sin pensarlo, como una generalidad. No obstante,

cuando se refiere a un individuo en particular — una

compañera de trabajo, una vecina, amiga, pariente o a

ti misma, vuelven las viejas actitudes: “¿Por qué no

puede ella beber como una dama?” o “¿Por qué no

puedo beber como las demás mujeres?” o “¿Por qué

no puedo dejar de beber? No tengo ninguna fuerza de

voluntad.” O incluso “Soy una mala persona.” Con

demasiada frecuencia, a nivel personal, la enfer-

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medad, en sus primeras etapas, se considera como

una falta de protocolo, y más tarde, como un grave

defecto moral.

El aspecto tal vez más curioso e insidioso de la

enfermedad es su capacidad para ocultarse del que la

padece. Los alcohólicos son expertos en no ver su

propia enfermedad. A menudo son los últimos en

admitir que tienen un problema con la bebida.

Si para el alcohólico la enfermedad es tan difícil de

reconocer, ¿cómo puedes decidir si eres o no alcohólica?

¿Cuáles son los criterios para juzgar el alcoholismo?

¿Beber por la mañana? ¿Beber a solas? ¿La

cantidad que bebes? Ninguno de estos, necesariamente.

La prueba no está en cuándo bebes, ni con

quién, ni cuánto, ni dónde, ni qué tipo (el alcohol

sigue siendo alcohol, sin importar con lo que se mezcle),

ni incluso por qué bebes. Se llega a los criterios

verdaderos en las respuestas a las siguientes preguntas:

¿Qué te ha hecho la bebida? ¿Cómo afecta a tu

familia, tu casa, tu trabajo, tus estudios, tu vida social,

tu bienestar físico, tus emociones íntimas?

Dificultades en cualquiera de estas áreas indican la

posibilidad del alcoholismo. Al principio no tienen que

ser problemas devastadores. Algunos alcohólicos

comienzan como bebedores sociales con la capacidad

de aguantar mucho bebiendo, y literalmente, “no sintiendo

ningún dolor.” Otros experimentan desde el

Principio los síntomas característicos del alcoholismo.

Si estás “arreglándotelas” — como ama de casa, estudiante,

profesional, etc. — y ocultando los efectos de

tu beber, pregúntate a ti misma: ¿Cuánta energía me

cuesta? ¿Qué cantidad de fuerza de voluntad supone

esta disimulación? ¿Valen la pena los resultados? ¿Me

queda algún placer real?

El alcoholismo es una enfermedad progresiva. Por

tarde o temprano que comience, el beber se vuelve

cada vez más inmanejable. En realidad, los mismos

esfuerzos para controlarlo pueden convertirse en una

preocupación obsesiva. Beber sólo vino y cerveza.

Hacerte promesas de beber sólo los fines de semana.

Espaciar los tragos. Estos son algunos de los métodos

que los bebedores han inventado tratando de controlar

su consumo de alcohol. Tales intentos desesperados

son síntomas del alcoholismo tan “clásicos” como

una resaca dolorosa o una espantosa laguna mental.

Hay un punto de retorno, y no tienes que alcanzarlo

a través del hospital, el centro de rehabilitación o la

prisión — aunque muchas mujeres han llegado a A.A.

después de haber progresado hasta tal etapa de la

enfermedad. En cualquier punto de la progresión

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descendiente de la enfermedad llamada alcoholismo,

puedes parar y mantenerte alejada de la bebida, sencillamente

buscando ayuda, y disponiéndote a hacer

frente a tu problema. Ya tengas 15 ó 50 años de edad,

seas rica o pobre, licenciada o sin título alguno; ya te

ganes tu propia vida o te encuentres amparada en un

hogar; ya seas paciente en una institución de

tratamiento, reclusa en una prisión o una persona de

la calle — la ayuda está disponible; pero tú tienes que

llegar a la decisión de pedirla.

En A.A. no hay que firmar formularios o solicitudes

o pagar la entrada. No se te pedirá que te subscribas

a un “curso de tratamiento” formal.

Simplemente conocerás a hombres y mujeres que

han encontrado un medio para librarse de su dependencia

del alcohol y han empezado a reparar el daño

que la bebida les ha causado en su vida. Tú también

puedes gozar de tamaña libertad y recuperación.

En este folleto, no encontrarás estadísticas frías,

sino las historias personales de algunas mujeres alcohólicas.

Se han escogido estas historias para representar

la experiencia que las mujeres alcohólicas

tienen en común, y para indicar la amplia variedad de

mujeres que se recuperan del alcoholismo, lo que

A.A. significa para ellas y lo que podría significar para

ti también. Después de asistir a su primera reunión,

algunas mujeres han hablado de “una sensación de

intimidad por estar con otra gente que tenía el mismo

problema que tenía yo…” “Compasión y comprensión…”

“Un ambiente de amor incondicional…” “Me di

cuenta de que no estaba sola.”

“El faltar a mis promesas a mis hijos …”

Mi madre murió cuando yo tenía 12 años, y solía pensar

que mi vida habría sido diferente si ella hubiera

vivido. Pero ahora creo que, aun en aquel entonces,

mi problema era ya parte de mí misma. Tenía un

fuerte sentimiento de inferioridad y era muy tímida.

Mi padre hacía todo lo que podía para criarme a mí y

a mis dos hermanas menores, manteniendo unida la

familia hasta que me fui de casa para asistir a la universidad.

El mandó a mis hermanas a un internado.

Puedo recordar el miedo cerval que me entró al

ver prepararse a mi padre para dejarme en la universidad.

Yo sabía que no iba a poder lograr conocer y

tratar a toda aquella gente. Desde el comienzo, era

una inadaptada, y así me sentía. Por ello, los años que

pasé en la universidad fueron años de sentimientos

heridos, rechazos y ansiedades.

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Finalmente logré casarme. Mi marido era un hombre

muy guapo, y por esto creí que perdería mis

temores y dejaría de estar tan nerviosa con la gente.

Desgraciadamente, no era así, a menos que tomara un

trago. En la universidad, había descubierto que una o

dos copas facilitaban la comunicación. Y tres me

hacían olvidar que no era hermosa.

Con el paso del tiempo, tuvimos hijos, quienes

para mí significaban todo. No obstante, me despertaba

horrorizada al darme cuenta de que había conducido

de aquí a allá durante una laguna mental, con ellos

en el coche.

Entonces, mi marido se puso enfermo. Sintiéndome

muy sola y angustiada, tenía que beber, a pesar de que

mis hijos — ahora mi marido — dependían de mí.

Nos mudamos a un pueblo pequeño de Massachusetts,

para vivir con mis suegros. Tenía la esperanza

de que un nuevo círculo social resolvería el

problema. No fue así.

Te puedo asegurar que una persona no se hace

querer por su suegra emborrachándose en público en

un pueblo pequeño.

Luego nos trasladamos a una vieja casa de campo,

difícil de calentar y de cuidar. Mi marido viajaba frecuentemente,

y yo cada vez bebía más.

Una noche fui a un bar a unos cuantos kilómetros

de nuestra casa, después de haber encargado a mi

hijo de 11 años que cuidara a sus hermanas. Llevé

conmigo a una amiga de edad avanzada. Uno de los

hombres que estaba en el bar se había ofrecido para

conducir mi coche hasta mi casa pero le dije en tono

beligerante que lo podía hacer yo. Al acercarnos a la

casa, aceleré un poco y chocamos contra un poste. Mi

vecina acabó con los ojos morados.

Sin saberlo yo, el hombre que se había ofrecido

para conducir mi coche, nos había seguido en el suyo.

El dispuso para que sacaran el coche de la cuneta y lo

remolcaran hasta mi casa. No se quedó mucho tiempo,

pero después de irse, subí la escalera y encontré a mi

hijo sentado al lado del conducto de la calefacción, por

el que apuntaba con su escopeta de aire comprimido.

“¿Qué estás haciendo?”, le pregunté. “No estaba

seguro, mami,” me respondió, “pero me parecía que tal

vez necesitabas ayuda.” En este momento, me sentí

como si hubiera llegado al punto más bajo. Tengo la

convicción de que tiene que haber alguna motivación

que nos haga querer ponemos sobrias, y para mí, estoy

segura de que esta motivación me la dieron mis hijos.

Nunca olvidaré la fiesta que tuvimos al celebrar el

cuarto cumpleaños de mi hija. Al llegar el día, las

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madres, acompañadas de sus hijas, se presentaron en

mi casa. Al verme, decidieron quedarse a la fiesta.

Estaba tan borracha que no se atrevieron a dejar a sus

hijas a solas conmigo.

Fue esto — el faltar a mis promesas a mis hijos —

lo que finalmente me hizo darme cuenta de que ya no

podía vivir más conmigo misma. Acudí a A.A. buscando

ayuda. Como la mayoría de la gente, tenía multitud

de ideas erróneas referente a lo que encontraría

cuando llegara a una reunión. Creía que todos los alcohólicos

eran personajes de ínfima clase. En mi primera

reunión, me sorprendió ver a mucha gente que

reconocía como miembros respetables de la iglesia.

Aún más importante, la primera vez que entré a

una reunión de A.A., experimenté esa sensación maravillosa

de pertenecer. Al conversar con la gente,

descubrí que no era la única persona que había hecho

las cosas que hice y herido a las personas a las que yo

más quería. Había tenido miedo de estar volviéndome

loca. Me llenó de gratitud el enterarme de que el alcoholismo

es una enfermedad triple — que había estado

enferma mental, física y espiritualmente.

Durante mis primeros años como miembro, tuve

dificultad en asistir regularmente a las reuniones de

A.A. Mis hijos eran todavía pequeños, y a menudo era

difícil encontrar a alguien que pudiera venir a mi casa

a cuidarlos. No obstante, desde la primera reunión,

me enamoré de A.A., y supe que, de alguna forma, iba

a encontrar la solución a través de este programa.

Aunque no encontré todas las soluciones al mismo

tiempo, he ido encontrándolas poco a poco. Al principio,

era todavía tímida, cohibida, envuelta en mí

misma de forma que me era difícil extenderme y

coger la mano que me ofrecían tan generosamente.

Con el tiempo, a través de los Doce Pasos de A.A.,

logré darme cuenta de que, si aceptaba el amor que

me ofrecían tan abiertamente, podría aprender, a

través de A.A., a sentirme cómoda con la gente. Para

mí, éste fue un adelanto tremendo y me condujo hacia

uno de los regalos más grandes que A.A. me ha dado:

el de dejar de tener miedo. El miedo siempre había

dominado mi vida — miedo a la gente, a las situaciones,

a mis propios defectos. En A.A. he aprendido

a tener confianza, y a vivir sin temor.

“Creía que la bebida era Dios.”

Soy hija adoptiva, y al llegar a la edad de siete años me

pusieron en un orfanato. Las monjas del orfanato siempre

estaban orando a Dios, pero yo no podía encontrar

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al Dios con quien siempre estaban hablando.

A la edad de nueve años, probé un poco de vino.

Me dije, “así que éste es el Dios del que hablan.”

Creía que la bebida era Dios.

Me expulsaron de la escuela por haberme lanzado a

una discusión sobre los grupos étnicos. Una de las

muchachas me insultó, diciendo: “Ustedes …puertorriqueños,”

y me eché encima de ella. Al recobrar el

conocimiento, me encontré dentro de una camisa de

fuerza. “¿Sabes lo que hiciste anoche?” la enfermera

me preguntó. “No”, le dije. Me dijo que había luchado

con la muchacha; que ella había perdido el conocimiento,

pero yo seguí gritando que quería arrancarle el

corazón. Y había roto una botella para hacerlo.

Quería fugarme del orfanato, así que me casé.

Cuando estaba embarazada de cinco meses, mi marido

me dejó para alistarse en las fuerzas armadas.

Recurrí a mi suegra por ayuda. Me dio una pequeña

botella de whisky y me dijo, “Toma un traguito de

esto cada noche y podrás dormir. No tendrás ningún

problema.” Vacié la botella.

Fui a la Cruz Roja para averiguar lo que podía

hacer con mi vida. Me dijeron que la única salida era

trabajar, así que me dediqué a dos trabajos. Siempre

acompañada de mi amigo, el whisky.

Trabajé y ahorré dinero y, pasados cuatro años, mi

marido regresó. Me dijo que podíamos “recoger los

pedazos” y volver a comenzar. Con el dinero que

había ahorrado, compramos una bombonería, en

donde vendíamos también licores y nos metimos en

muchos tratos dudosos.

Algo no andaba bien dentro de mí. Seguía echando

a mi marido de la tienda, para así poder beber todo

el día. Estaba segura de que mi marido no me quería,

de que mis hijos no me querían, de que nadie

me entendía. Necesitaba algo que me infundiera el

deseo de vivir.

Conseguí un empleo como camarera de un bar, en

donde tenía todos los hombres y toda la bebida que

podía desear. Me parecía, por fin, estar feliz. Quería

deshacerme de mi marido, así que cuando la policía vino

a buscarlo, les dije dónde lo podían encontrar. La policía

lo detuvo y un tribunal lo declaró culpable de asesinato.

Mientras él estaba en prisión, perdí mi empleo de

camarera. No podía hacer más que beber. Necesitaba

con qué subsistir, y a los únicos a quienes podía acudir

era a los asiduos del bar. Así que hacía muchas

cosas que no debía, pero las consideraba propias ya

que de esa manera mis hijos tenían algo que comer.

Ya no me sentía digna de la vida; pecadora, había

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quebrantado la ley de Dios. Me sentía sucia. Tres

veces atenté contra mi vida; traté de llevarme a mis

hijos conmigo, para que no sufrieran lo que había sufrido

yo. Abrí la válvula de gas de la cocina y me senté

con mi botella de ginebra, esperando la muerte. Pero

los vecinos forzaron la puerta y me llevaron al hospital.

Me dijeron que tenía un problema con la bebida, pero

no quise escuchar. Quería morir borracha.

Cuando mi marido fue puesto en libertad, decidió

quedarse con su amante. Tuve que vender mi casa y

mudarme a un apartamento. Tres veces intentaron

violarme en la calle. La última vez, fui muy lastimada

y tuve que pasar tres meses en el hospital. Quería

vengarme de todos los hombres.

Empecé a andar por las calles, esperando que

alguien intentara atacarme para así poder matarlo y

acabar en prisión. Tomando licores y píldoras, terminé

de nuevo en el hospital. El siquiatra me dijo que

tenía un problema con la bebida, y que debía ir a A.A.

Le dije que no podía vivir sin el alcohol.

No obstante, fui a A.A., y al entrar por primera vez

en la sala de reunión, vi a todos los hombres allí presentes.

Odiaba a los hombres — me habría gustado

que todos se hubieran caído muertos. Pero seguí sentada,

recordando lo que me había dicho el doctor:

“Ve, siéntate, y escucha.” (No pude asistir sobria —

había tomado algunos tragos.) Recuerdo que se decía

que el alcoholismo era una enfermedad progresiva y

que yo tenía ahora una buena oportunidad de

crearme una vida sana.

Después de tres meses en A.A., aún bebía, y me

preguntaba: “¿Por qué no puedo dejar la bebida? Tal

vez me estén diciendo mentiras. Ellos también deben

de seguir bebiendo.” Una noche — durante el día

había tomado tres tragos — estaba sentada en una

reunión, y por primera vez desde hacía años, sentí

latir mi corazón. Dije: “Si esto es Dios, si esto es Tu

presencia, déjame que agarre un hilo de Tu cuerda y

sácame de esta botella para que pueda volver a andar

con la gente de este mundo.” Sabía que algo tremendo

me estaba pasando, y me fui de la reunión con una

sensación maravillosa. Era el 3 de julio. Celebro mi

aniversario de A.A. en el Día de la Independencia —

el día en que dejé de depender de la botella.

Al principio no me era fácil, pero mi madrina me

ayudó. Entonces, comencé a hacer los trabajos de servicio

para mi grupo. Dos meses después, empecé a

atender los teléfonos en el despacho hispano de la

oficina intergrupal. Hoy le doy gracias a Dios, porque,

haciendo estos trabajos, pude mantenerme alejada de

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aquellos con quienes solía beber. Ahora sirvo como

coordinadora de institu-ciones para el Comité

Hispano.

Voy a reanudar mis estudios. Yo sé que hay muchas

mujeres como yo, especialmente en la comunidad hispana.

Llevo una buena vida, y cada noche rezo por

poder llevar el mensaje de A.A. a otro alcohólico.

“La culpabilidad, el temor y los

remordimientos diariamente

me acompañaban.”

Ahora que gozo de un cierto grado de sobriedad,

puedo darme cuenta de lo ciega que estuve durante

20 años. Tomé mi primer trago a la edad de 13 años.

Bebí una gran cantidad de oporto en una apuesta, me

puse muy enferma y borracha, y me prometí que

nunca más en mi vida bebería vino de esa forma.

En la secundaria, andaba con amigos mayores que

yo. Bebían, y no había nada que me gustara más

hacer. Bebía porque me gustaba beber, y una vez que

empezaba, no estaba dispuesta a dejarlo cuando los

demás lo estaban. Si les gustaba beber, su compañía

me era grata. Si no les gustaba, no me veían mucho.

A la edad de 19 años, me casé. Mi marido bebía. Le

gustaba y podía aguantar mucho. Tenía un compañero

de bebida para toda la vida, y nuestro matrimonio

comenzó como una larga celebración.

Cerca de un año después del nacimiento de nuestra

hija, me puse muy enferma. Nuestro médico de

cabecera me aconsejó que dejara de beber; me dijo

que era una alcohólica potencial. Me reí de esto, y no

le hice caso ni a él, ni a mis amigos y parientes que se

lamentaban de mi forma de beber.

Empecé a perder cada vez más el control. A veces,

lo que comenzaba con unos cuantos tragos se prolongaba

durante una semana. Para librarnos de la

trampa, nos trasladarnos a otra vecindad, y conseguí

un trabajo. Comencé a inventar pretextos para beber

más frecuentemente. Un día, estando de camino al trabajo,

necesité un estimulante y me detuve para

tomarme un trago. Recuerdo que tomé otros

dos después del primero. El siguiente recuerdo

claro que tengo, es de tres días más tarde. Por

primera vez, conocí el miedo. Le dije a mi familia que

yo debía de estar enferma mentalmente, para que esto

hubiera ocurrido.

Comencé a consultar con un siquiatra. Nunca

mencioné el alcohol, salvo para decirle que bebía en

ocasiones. No le dije que por lo general me aseguraba

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de tener siempre la ocasión de beber, ni que él me

deparó una.

Pasaron los años y finalmente llegué a un punto en

que no podía enfrentarme con nada. Mi marido y yo

nos separamos varias veces, y cada vez que nos reconciliábamos,

esperábamos que las cosas cambiaran.

Sí cambiaron. Empeoraron. Acabé en un hospital

en donde un médico me dijo que yo era esquizofréniea.

Su diagnóstico me complació mucho. Una chalada,

una loca, eso sí era; no una alcohólica.

Cuando dejé por fin de oír voces y me repuse, tuve

que celebrar, esta vez con el permiso del doctor. Me

propuso que bebiera sólo buen whisky escocés, y no

más de tres tragos. No estipuló el tamaño del vaso.

Mi marido y yo nos separamos por última vez. Me

dio un ultimátum: él o la bebida. No dudé en escoger

—ya no podía vivir sin la bebida.

Durante los dos años siguientes, viví una pesadilla.

La culpabilidad, el temor y los remordimientos me

acompañaban diariamente. Ya no tenía amigos; cuando

me veían andando por la calle, cruzaban al otro

lado. La mayor parte del tiempo, parecía una autómata,

embrutecida por el alcohol. Por fin, un día, al despertarme

por enésima vez en una habitación desconocida

al lado de un hombre desconocido, supe que no

podía aguantarlo más. Me sentenciaron a prisión, por

un crimen que cometí en una bruma alcohólica.

Finalmente, aprendí a vivir a través del programa

de A.A. Cuando empecé a asistir a las reuniones en

prisión, mi súplica de ayuda tuvo su respuesta. Una

de las mujeres empleaba una expresión que corresponde

precisamente a lo que me pasó en esta Comunidad:

“Empecé a vivir cuando dejé de llorar y me

comencé a esforzar.” Me esforcé por trabajar según la

guía que A.A. me había dado en los Doce Pasos. Primero,

entregarme completamente. Estaba perdiendo

el combate con la botella. Me rendí, y a través de la

derrota, gané. Segundo, transformarme, puesto que el

mundo no va a adaptarse a mis deseos. Es sencillo, no

quiero tener nada que ver con lo que fuese que me

encaminó hacia la miseria alcohólica.

Ahora soy otro diente en la rueda de esta Comunidad.

Se me ha ofrecido otra oportunidad de ser la

madre que siempre he deseado ser. Sí, tengo el mejor

regalo de todos — me han sido devueltos mi hija y su

amor. Ayer, sólo existía, sin esperanza, sin nada más

que miseria. Hoy vivo con esperanza porque llevo un

mensaje de esperanza a otros alcohólicos. Por estas

razones, el programa funciona. Deseas desesperadamente

tu sobriedad y después de lograrla, la compartes

con otros.

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“Durante mi carrera alcohólica

había amenazado a pacientes,

había estado borracha en el trabajo,

había pensado en asesinar.”

Soy alcohólica. Soy también una enfermera titulada,

una soltera que goza de muchas actividades. Pero no

fue siempre así.

He mantenido mi sobriedad en Alcohólicos Anónimos

durante algo más de cinco años, y éstos han

sido los años más felices de mi vida. Antes de recurrir

a A.A., llevaba un año seca, por miedo de sufrir otro

ataque de DT (delirium tremens). Había jurado que

nunca tomaría otro trago, porque sabía que nunca

podría salir de otra borrachera como lo hice durante

la semana entre el día de Navidad y el de Año Nuevo

de 1977.

El día de Navidad, por la mañana temprano, conduciendo

borracha y bajo los efectos de la droga,

rompí un poste telefónico y destrocé mi coche — no

por primera vez. En la sala de urgencia, ofensiva y sin

deseo de cooperar (todavía con mi uniforme) rechacé

los cuidados médicos hasta la mañana siguiente, en

que pudiera ser admitida sin alcohol u otras drogas en

mi organismo.

En aquel entonces, que yo recuerde, bebía diariamente,

y tomaba cualquier sustancia que podía conseguir,

con o sin receta. Después de ser dada de alta,

mi irritabilidad y nerviosismo y mis temblores cada

vez más intensos se convirtieron en verdaderas alucinaciones,

acompañadas de un creciente horror de lo

que estaba experimentando.

No podía volver al hospital en donde estaba

empleada, y mi familia ya no podía aguantar mi conducta

antisocial. Durante otro año entero fui tocando

fondos consecutivos, una sustancia a la vez; pero no

hubo ningún cambio en mi enfoque sobre la vida.

Para mí, la recuperación empezó cuando dejé de

tomar drogas y comencé a hacer esfuerzos para mejorar.

Empezó cuando asistí por primera vez a una

reunión de A.A.

Era una niña tímida, hipersensible, obesa, y poco

segura de mí misma. Buscaba consuelo en los libros y

en el papel de “madrecita”. Recuerdo que me sentía

importante cuando papá me dejaba pedir sorbitos de

su cerveza. Me gustaban sus efectos. La primera vez

que, bebiendo, perdí el conocimiento y sufrí una laguna

mental, tenía 13 años. Me parecía como si la única

forma en que podía apaciguar mi sentimiento de inferioridad

y mi criticona conciencia fuera estar borracha.

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En la escuela, me consideraban una compañera

agradable, una de las que haría todo por sus amigas.

Complacer a los demás me causó muchas penas,

especialmente en mi profesión, hasta que aprendí a

decir no a la primera copa.

Para mí, ponerme el uniforme blanco significaba

dar rienda suelta a “la enfermera prodigiosa.” Sin uniforme,

estaba muy metida en la contracultura hippie.

Para compensarlo, tenía que ser un dechado de perfección

en mi trabajo, como la famosa Florence

Nightingale. Siempre me ponía furiosa la incompetencia

que veía a mi alrededor, segura de que yo era la

única persona que hacía el trabajo.

Con toda esta ira y sentimientos de mártir, tenía

que emborracharme después del trabajo para desfogarme.

Necesitaba un empleo para costear mi

adicción, y la profesión de enfermera representaba la

única cosa respetable que poseía.

Durante mi carrera alcohólica, que duró 12 años

había amenazado a pacientes, había estado borracha

en el trabajo, había pensado en asesinar, vendido drogas

a niños, tomado una sobredosis, había sufrido dos

abortos provocados, y bebido hasta caerme sin sentido

en los bares, vestida con mi uniforme. Olía mal y

había engañado a mi amiga más fiel, y la última que

me quedaba, teniendo una aventura con su marido.

Conducía cuando estaba demasiado borracha para

andar a pie. Destrocé algunos coches, y la policía me

detuvo muchas veces, sin que tuviera ningún recuerdo

de los eventos.

Detestaba a los borrachos porque constituían una

evidencia patente de lo que yo era bajo mi fachada —

manipulativa, poco honrada, tímida y solitaria. He

pasado la mayor parte de mi vida fingiendo ser algo

que no soy. Hasta que logré mi sobriedad no supe que

soy precisamente la persona que siempre quise ser.

En A.A. me han enseñado a cambiar — desde el

interior, no sólo en las apariencias — la gente que

ahora se ríe de sus problemas, llora de su alegría y

disfruta de su vida.

Hoy, trabajo como enfermera de vuelo, miembro de

un equipo de transporte en helicóptero, una oportunidad

para crecer profesionalmente que no podría

aprovechar sin estar sobria. Tengo la reputación de

ser honesta, aunque no de ser siempre diplomática al

respecto. Lo hermoso de la sobriedad es la habilidad

para admitir mi falta cuando he perjudicado a alguien

con una palabra o acción irreflexivas, y a partir de ahí,

continuar. Mientras bebía, tenía un miedo cerval a que

alguien descubriera que cometía errores. Por eso, no

podía escarmentar por mis errores y seguía haciendo

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las mismas cosas, una y otra vez.

Ahora puedo aprender y crecer con la gente que

encuentro en mi vida. Sin tener, de ellos ni de mí

misma, esperanzas poco realistas. Me he vuelto a unir

a la iglesia de mi niñez, con la fe de una adulta, y participo

activamente en el servicio de A.A., así como en

las actividades comunitarias y profesionales.

Dentro del programa, todavía sigo luchando por

lograr la habilidad de verme de una manera realista

en relación a los demás. Adquirir un verdadero amor

propio y una aceptación de mí misma han sido probablemente

las tareas más difíciles que haya encontrado.

A través de la adversidad y de muchas situaciones

incómodas en mi vida, he conseguido cierto

amor propio y tranquilidad de conciencia, ya recibiera

o no aprobación.

¡Agradezco tanto el regalo de un sincero amor propio!

Siempre he deseado ayudar a otras gentes y serles

servicial, pero mi apremiante y paralizante adicción me

incapacitó para hacerlo. Ahora liberada, llevo una vida

que nunca me hubiera podido imaginar, y me doy

cuenta cada día más de que sólo la falta de fe impone

límites sobre mi vida. Una autómata se está convirtiendo

en una mujer competente, íntegra y cariñosa.

“Lo puedo hacer sola. Soy más inteligente.”

Mi nueva amiga de A.A. está durmiendo en mi casa.

Cuando la trajeron aquí, estaba borracha e inconsciente.

Encontraron una botella de sedantes, casi

vacía, cerca de su cuerpo. Me la trajeron a mí porque

soy doctora y alcohólica. No recuerdo precisamente

cuándo me volví alcohólica. De adolescente, iba a los

bailes. Los amigos de mi hermano le pedían que me

invitara, porque sólo necesitaba unos pocos tragos

para alegrarme. Pero, la mayoría de las veces, cuando

la gente a mi alrededor estaba alegre, yo estaba triste.

Después de conseguir mi primer empleo como

interna en cirugía, recibí una invitación para asistir a

una fiesta con los demás miembros del personal del

hospital. Me puse tan borracha con un vaso de vino

que tropecé con una mesa y me caí. Mi amiga más

íntima estaba escandalizada y me dijo que una dama

tenía que tomar dos vasos de vino — “si no puedes,

no eres una dama.” Le pregunté lo que debía hacer y

me respondió: “Tienes que practicar.”

Lo hacía todas las noches, generalmente en mi

casa, en donde mi madre me decía: “Una dama que

bebe tanto no es una dama.” No obstante, el vino

parecía aumentar mi eficiencia. Podía trabajar más por

la noche, cuando quería escribir o leer. Era ambiciosa

15

y quería ser jefe de mi hospital. Mientras bebía, era la

jefa. Aún más, era la doctora más inteligente, la mujer

más bella, la mejor hija y amiga.

En realidad, aunque seguía bebiendo, iba progresando

muy rápido en mi carrera. Nunca estaba borracha,

ni tampoco sobria. Entonces, un día algo agitado,

una colega me dijo que iba al salón donde los

médicos pasaban las horas en que no están de servicio,

porque necesitaba un trago. Ese día señaló el

principio del fin para mí. Ella sólo bebía un poco pero

pasados seis meses yo me bebía cada mañana un vaso

de los de agua, lleno de vodka. Mi trabajo fue empeorando,

y terminé dejando que lo hicieran los demás.

Aunque mi madre había estado enferma, yo siempre

podía encontrar una razón para beber. Sabía que tenía

un problema con el alcohol. Leí libros médicos que

trataban del asunto, y sabía cómo podía afectar mi cerebro.

Quería dejar de beber, pero no sabía cómo. Sabía

solamente que tenía que alejarme del hospital, antes de

que se descubriera mi forma de beber. La primera vez

que se me presentó la oportunidad, establecí una consulta

privada y me despedí del hospital.

En esa época se murió mi madre. Cuando yo volvía

a casa, ya no oía las preguntas: “¿Cuánto bebiste?”

“¿Cuánto gastaste en licores’?” Era dueña de mí

misma. Bebía y seguía bebiendo — a solas, porque

mis amigos me habían abandonado. Ya no era la doctora

más inteligente, la mujer más hermosa. Estaba

sola con mis temores. Tenía que beber.

Mi desesperación se iba intensificando. Por fin un

paciente informó al Consejo de Salud de haberme

encontrado borracha. Como consecuencia, tuve que

consultar con un profesor que investigaba asuntos de

este tipo — y un milagro ocurrió. El sabía cómo era el

infierno en el que yo vivía, y me dio un libro acerca

del alcoholismo. Aunque seguí bebiendo mientras lo

leía, percibí una luz de esperanza. Pasados algunos

días, le dije que me gustaría conocer a los miembros

de Alcohólicos Anónimos mencionados en el libro.

Una semana después, recibí una llamada telefónica

de un amigo de la universidad que se había hecho

siquiatra. “A.A. está en nuestro pueblo,” me dijo; y me

informó sobre dónde y cuándo se efectuaban las

reuniones. Unas dos semanas más tarde logré dirigirme

a una reunión, no sin tomarme antes una copa.

Abrí la puerta y vi a seis hombres. Escuché atentamente

lo que decían.

“¿Qué debo hacer?” les pregunté. “Me queda la

mitad de una botella en casa, y la otra mitad me la

bebí antes de venir aquí.” ¡Estaba diciendo la verda

sobre la bebida! ¿Qué me había ocurrido?

16

Uno de los hombres me respondió, “Puedes hacer

lo que quieras con la botella: bebértela o tirarla. Es tu

vida.” Por primera vez, no se me prohibió que

bebiera. Esa noche me tomé el resto de la botella,

pero llegué sobria a la siguiente reunión.

Empecé una vida nueva. Mis amigos del grupo me

entendían. Encontré también una felicidad fuera del

grupo. Podía hacer mi trabajo, y mis pacientes comenzaban

a amarme y a respetarme; amistades perdidas

se reanudaban.

Durante 19 meses estuve feliz, pero no me aplicaba

mucho en el programa. Hacía mucho trabajo de Paso

Doce, ayudando a otros alcohólicos, pero sólo para

evadirme de mí misma. Un día sufrí un trastorno emocional

y tomé dos tranquilizantes — el siguiente día,

cuatro, y después muchos más.

No asistía asiduamente a las reuniones. “Soy médica,”

me decía. “Sé lo suficiente sobre A.A. Puedo hacerlo

sola. Tengo demasiado trabajo que hacer. Soy más

inteligente que los demás. Soy una alcohólica especial.”

Todos los temores y mentiras que acompañaban a

la bebida, volvieron con los tranquilizantes. Los cambié

por sedantes.

Un día volvió a aparecer la botella. Mi botella. ¡Fue

tan fácil comenzar! A pesar de todo lo que me dijeron

en A.A. acerca del primer trago, durante algunos días

no me pasó nada. “Bueno”, me dije, “no soy alcohólica.

Fue un error. No tengo por qué asociarme con

la gente de A.A. Yo puedo arreglármelas…” Bebía y

tomaba píldoras.

Entonces, toqué fondo. Después de haber intentado

suicidarme, desperté en mi casa, y me encontré

con vida. Supe que era una alcohólica, y llamé por

teléfono a mis amigos de A.A.

Dos días después, conocí a otro miembro de A.A.,

el médico que es ahora mi esposo. He empezado de

nuevo a vivir. Asisto a las reuniones, y me aplico en el

programa que me ha enseñado a lograr la tranquilidad

de espíritu, sin alcohol o drogas. He reestablecido una

relación con mi Poder Superior. Sin El, no habría

podido llegar a ser una alcohólica tan feliz.

Mientras escribía mi historia, mi nueva amiga de

A.A. se ha despertado. Está viva y hace 24 horas que

no ha tomado un trago. A.A. funciona.

“Suponía que mi forma de beber

era otro síntoma de neurosis.”

Durante más de 20 años bebí sin sentirme impulsada

a hacerlo. Podía dejar la bebida, y a menudo la dejaba.

17

Pero tenía otros problemas — profundos problemas

emocionales. Desde mi adolescencia, quizás antes,

experimentaba depresiones. Cuando tenía poco más de

veinte años, después del nacimiento de mi hijo, sufrí

una grave depresión pospartum, e inicié un tratamiento

psicoterapéutico que, con algunas interrupciones,

duraría muchos años. Aunque había buenas épocas en

las que conocía el alivio, funcionaba bien y trabajaba

productivamente, siempre me parecía que existía una

barrera que me separaba de la vida que deseaba.

Durante estos años, me casé dos veces, y dos

veces me divorcié. El alcohol no tuvo nada que ver

con estos fracasos.

Diez años después, supe que tenía un problema

con la bebida. Acababa de tener un éxito profesional

cuando me puse enferma de paperas. Al recobrar la

salud, me vi hundida en una depresión severa, sin

aparente causa, salvo que mi médico me había dicho

que a menudo las enfermedades causadas por virus

dejaban deprimidas a sus víctimas. Creo que no le

dije en aquel entonces que, además de la depresión,

que me era familiar, estaba experimentando algo raro:

mi forma de beber había cambiado totalmente, convirtiéndose

en compulsiva

Mi hijo era adolescente, y si la bebedora solitaria

se odia a sí misma, la bebedora que es madre y

responsable del bienestar de su hijo siente una culpabilidad

y una repugnancia de sí misma indescriptibles.

Y por supuesto, para librarme de estos sentimientos,

bebía sistemáticamente hasta perder el

conocimiento — lo recobraba, volvía a beber y lo

perdía de nuevo. Era una pesadilla.

No obstante, lograba preparar la comida, mandar

la ropa a la lavandería, y ver a mi hijo irse a la escuela.

Nosotros nos queríamos y nos odiábamos al mismo

tiempo — y de las dos emociones era difícil saber cuál

era la más dolorosa. Mi hijo fue el primero a quien

confesé que yo era alcohólica. Me preguntó, “¿Por

qué bebes tanto, mamá? Te hace oler mal.”

Le respondí, “Bebo porque soy alcohólica.”

Pero no sabía lo que significaba ser alcohólica.

Acostumbrada a considerarme una persona neurótica,

suponía que mi beber era otro síntoma más de esa

neurosis, y que lo que tenía que hacer era ahondar

aún más en mi inconsciente para descubrir lo que me

compelía a beber — y entonces podría volver a beber

como antes bebía. Así que empecé de nuevo el peregrinaje

de un siquiatra a otro.

La última locura de mis días de bebedora ocurrió

después de que mi hijo se fue de casa para asistir a la

universidad. Un fin de semana en que fui a visitarle,

18

me llevé conmigo todo el dinero que me quedaba y

compré un motel cerca de la ciudad universitaria. Era

una “cura geográfica”; tenía la esperanza de que ‘ cambiando

de residencia y de forma de vida, podría olvidarme

de mí misma.

Durante el primer año, mientras trabajaba en la

restauración de la vieja casa de campo y las siete

cabañas anexas, logré dejar de beber. Sin embargo,

me estaba pasando algo nuevo. Cuando regresé a

Nueva York para una visita, fui a consultar con mi doctor,

a quien le agradó ver que había perdido 30 libras.

“¿,Qué has estado haciendo?” me preguntó.

Le dije, “Creo que he cambiado de adicciones.”

“¿Qué quiere decir eso’?”

“He sustituido la adicción al alcohol por la adicción

a los tranquilizantes.”

“Tonterías,” me replicó “no se puede tener adicción

a los tranquilizantes.”

En aquella época, los tranquilizantes eran un medicamento

relativamente nuevo. Ahora los médicos saben lo

que yo ya sabía entonces. No podía limitar la cantidad

de medicación que tomaba a la recetada por el médico.

Mi declive fue abrupto. Una hospitalización en

estado comatoso, causado por una mezcla de alcohol

y tranquilizantes. Otra en un intento vano de acabar

con mi adicción a los tranquilizantes. Una tercera por

haber tomado una dosis excesiva de barbitúricos.

Esta última vez me atendió un siquiatra quien consiguió

ingresarme en una clínica siquiátrica de Nueva

York para una estancia de seis meses. Pero al salir,

dada de alta del hospital, todavía no tenía la más mínima

sospecha de que era alcohólica. Me dijeron que no

bebiera, pero no me dijeron por qué no debía beber;

eso me ofendió y, por supuesto, seguí bebiendo.

Entonces, comenzó un círculo vicioso en el que me

vi presa durante tres meses: bebía hasta que me

aterraba el alcohol y luego tomaba tranquilizantes

hasta que estos también me aterraban. Llamé a un

amigo que había pasado nueve meses sobrios en A.A.

y le dije que estaba lista para probarlo. Menos de una

semana después, me encontré en mi primera reunión,

con una sensación tremendamente conmovedora y

liberadora de haber vuelto a mi casa, de estar donde

debía estar. Mirando alrededor de la sala, sentía lo

diferente que esa gente era. Muchos de los enfermos

que había conocido en el pasado, casi siempre trataban

de adaptarse a su enfermedad. A diferencia, estos

A.A. estaban haciendo un esfuerzo por recuperarse.

Eso yo también lo quería.

Seguí tomando tranquilizantes durante más o

menos una semana después de mi primera reunión,

19

pero me di cuenta durante ese tiempo de que, como

alcohólica, no debía tomar ninguna sustancia química

que pudiera afectar mi estado de ánimo.

Al principio, supuse que, habiendo sido una borracha

depresiva, iba a experimentar depresiones estando

sobria. El milagro más grande de mi sobriedad ha

sido el verme casi completamente libre de la depresión.

Las ideas que saqué del sicoanálisis me ayudaban,

pero el programa de A.A. fue el que me liberó

para emplearlas al máximo.

Me lancé al programa como para aplacar una sed.

Asistía a muchísimas reuniones y volvía tan absorta

en el programa que, durante un rato, me era difícil

concentrarme en otras cosas. No obstante, mientras

trataba de aplicarme en el programa, los resultados

empezaron a manifestarse — en mi tranquilidad de

espíritu, en mis relaciones con los demás, y en la

gradual recuperación de mi competencia profesional.

Estoy agradecida especialmente por la relación

que tengo con mi hijo que, habiéndome visto recobrar

mi salud, parece haber logrado una nueva fe en

la vida y en sí mismo. “Si tú puedes hacerlo, mamá,”

me dijo una vez, “cualquier persona podrá.” Un

cumplido tal vez indirecto, pero agradable.

Desde que llegué a A.A., tengo verdaderamente la

sensación de haber renacido, de haber roto aquella

barrera que me separaba de la vida que quería vivir.

Quiero vivir la vida que ahora vivo — una vida basada

en los principios de A.A.

“Yo era una típica ama de casa borracha

de aspiraciones burguesas.”

Me llamo Dorotea y soy alcohólica. Tenía 65 años

cuando llegué a A.A. — algo más tarde que la mayoría

de los novatos — después de decidir que tenía que

dejar de beber o iba a terminar mis años dorados

como una madre y abuela borracha.

Yo era una típica ama de casa borracha de aspiraciones

burguesas. El alcohol debía de haber estado

interfiriendo en mi vida y causándome problemas

desde hacía muchos años; no me di cuenta de lo que

estaba pasando hasta unos cinco años antes de llegar

a la Comunidad de A.A.

Tuve que hacer tres intentos para lograr mi

sobriedad en A.A.; la tercera vez, no tenía alternativano

me quedaban muchos años para ponerme sobria,

Me crié en un hogar alcohólico. Mi padre bebía

mucho y de golpe y en esto yo me parecía a él. No era

uno de los que podían sentarse y beber su whisky a

sorbitos, como mi madre.

20

Al llegar a la edad de 16 años, ya había dejado la

escuela, y estaba casada con un hombre doce años

mayor que yo. En aquellos tiempos, llevábamos una

buena vida. No bebía porque no teníamos bebidas

alcohólicas. Era simple.

Después de tres años de matrimonio, perdí a mi

primer hijo, y pasaron cuatro años antes de que

tuviéramos a nuestro hijo Juan. La primera vez que

me puse borracha y enferma, fue justo antes de que

Juan naciera. Salimos con unos parientes y me emborraché

bebiendo cerveza, me subí encima de una mesa

y canté y bailé como una tonta. De camino a casa no

dejaba de vomitar. Mi marido se reía.

Nuestra hija Linda nació en 1937. Durante los años

de la guerra, nos divertíamos mucho y yo estaba segura

de poder dejar de beber cuando lo deseara. Me

puse violentamente borracha otra vez, y empecé a

sufrir resacas.

No puedo decir exactamente cuándo crucé la línea,

ni tampoco recuerdo cuándo comencé a beber furtivamente.

Mi marido era un bebedor social que podía

tomarse un trago y echarse a dormir. La idea que

él tenía de un trago era un dedo de whisky escocés

con un vaso de soda. No me podía imaginar beber

de esta forma.

Después de nacer nuestro tercer hijo, solía volver a

casa de mi trabajo en unos grandes almacenes y

tomar un vaso de Metrecal, una bebida dietética de la

época. Eso era un esfuerzo para luchar contra la gordura

(lucha que todavía mantengo), pero añadía un

poco de alcohol. Estaba experimentando muchas dificultades,

pero no lo quería admitir.

Con el tiempo, nos mudamos, y la primera cosa

que averigüé fue dónde se encontraba la tienda de

licores. Nuestros dos hijos mayores eran muy cabales;

hacían lo que debían de hacer y tenían la cabeza en su

sitio. Puede que mi beber afectara más a mi hijo

menor, David. El empezó a tomar drogas, y eso me

dio un buen pretexto. Nuestro hijo estaba tan enfermo

como yo, y mi marido se encontró atrapado entre

nosotros durante 19 infernales años.

David resultó ser otro tipo de mensajero. Asistía a

una clínica de methadone, donde conoció a una mujer

que era miembro de A.A. Aquí estaba este drogadicto

diciéndole a su madre que debía hablar con una señora

alcohólica recuperada. Así que cogí el autobús y fui

al centro en donde estaba Lerisa y hablé con ella. Me

dio una copia del Libro Grande. Esa misma noche, ella

y su madrina me llevaron a mi primera reunión de A.A.

Todo eso ocurrió cinco años antes de que estuviera

lista para dejar de beber. Parecía que estaba lista para

21

escuchar, pero no para hacer el trabajo. Solía volver a

casa después de las reuniones y ponerme a beber.

Aunque me llevó mucho tiempo reconocerlo, la

evidencia era bastante obvia. Bebía diariamente, y

sabía que tenía un problema grande. Una noche,

después de mis primeros peregrinajes por las reuniones

de A.A., al salir a cenar con mi marido, me fui

tambaleando hasta el coche, y le dije, “Tengo que ir a

un centro de tratamiento.” Se dispuso todo para que

así lo hiciera. No recuerdo mucho lo que pasó. Sólo

sabía que tenía que ir.

Un problema que tenía, y con el que no quise

enfrentarme, era que estaba avergonzada por ser la

más vieja. Había jóvenes de 14 y 15 años de edad, y

muchas mujeres en sus treinta y cuarenta. Otra cosa

me chocó: me dijeron que mi hija había respondido a

una llamada del centro y les había dicho que su padre

necesitaba alguien con quien hablar. Esa fue la

primera vez en que me percaté de que él estaba

sufriendo. Me lastimó mucho, y resolví hacer un

esfuerzo para lograr la sobriedad.

Dada de alta del centro, volví a asistir a las

reuniones de A.A. y encontré que nadie me estaba

prestando atención. Me mantuve sobria durante un

año, pero tenía todavía la sensación de no pertenecer.

Me decía que todos me estaban mirando a mí, una

viejecita tan amable. Me sentía muy desgraciada; ellos

no sabían nada de mí, porque yo no estaba dispuesta

a decirles nada. Yo era una sabelotodo que iba alejándose

poco a poco.

No pasó mucho tiempo antes de que tomara un

trago. Me sentí mal, pero enseguida llamé a dos A.A.

que vinieron a mi casa y me llevaron a una reunión.

Luego fui sola a una reunión. Ahora tengo un grupo

base, donde puedo recordar mi último trago.

Cuando llegué a la Comunidad para quedarme por

fin, me sentí fuera de lugar con mi pelo canoso. Yo

era mayor que casi todos los demás y aquellos que se

acercaban a mi edad, habían sido miembros de la

Comunidad desde hacía muchos años. Así que me

sentía como una muchacha de diez años en un jardín

de infancia.

Me llevó tiempo entender que tendría que dar si

quería sobrevivir en el programa. Tenemos un grupo

de A.A. sólido, en donde nos apoyamos, unos a otros,

y donde puedo pasar tiempo con amigas en sus cincuenta;

aunque tengo 72 cumplidos, me encuentro al

mismo nivel. Empecé a sentirme como una verdadera

participante cuando comencé a servir como secretaria

de mi grupo. Me ha gustado ser Representante de

Servicios Generales, y asistir a las asambleas y con-

22

venciones de A.A. Me es importante no sentarme con

los brazos cruzados, sino hacer algo — y el trabajo de

servicio de A.A. me da esta oportunidad. A través del

servicio, he conocido a mucha gente maravillosa. Mi

vida social también es muy completa — miel sobre

hojuelas — y me gustaría que otra mucha gente

pudiera tener lo que tengo yo.

Mis amigos de A.A. me quieren por ser la persona

que soy, con mi pelo canoso y todo. Mi familia me

quiere, y mi hija es también mi amiga. Mis nietos

saben que soy una alcohólica y procuran que su

abuelita tenga su soda o su agua con hielo. Al principio,

me preocupaba que lo supieran, hasta que me di

cuenta de que yo no quería ser una madre o una

abuela borracha. Ahora soy bisabuela, y, de alguna

forma, ser una bisabuela borracha habría sido peor. Y

considero una bendición que la familia me confíe el

cuidado del biznieto.

Mi marido murió hace tres años. Mi amiga de A.A.

Felicia perdió a su hijo un día después de que murió

mi esposo y nos encontramos en la funeraria. Era para

las dos un momento triste. Cuando dos personas

pueden llorar juntas y abrazarse una a otra, son amigas

íntimas.

El programa y la Comunidad están aquí para ti también.

Si no puedes asistir a una reunión por ti misma,

los miembros te llevarán. Es una manera estupenda

de encontrar el amor y la sobriedad, y yo no volveré

nunca a sentirme sola. Los años dorados son verdaderamente

de oro — sin mancha alguna.

“Era insaciable, vacía adentro,

buscando la felicidad

en el fondo de la botella.”

Mi nombre es María y soy alcohólica. Gracias a

Alcohólicos Anónimos y por la gracia de Dios no he

tenido que tomar un trago de alcohol en 21 años.

Bebí por primera vez el día en que cumplí 16 años

de edad, que por casualidad fue el mismo día en que

me casé. Inmediatamente me gustaron los efectos que

el alcohol producía en mí. Por naturaleza, soy una persona

tímida y callada; no obstante, el alcohol me dejaba

hacer cosas que no me podía imaginar hacer cuando

estaba sobria.

Por haberme criado en un barrio integrado de

Queens, Nueva York, no me di realmente cuenta de

que era una mujer negra, hasta que me trasladé a

Chicago. No era un hecho que pudiera cambiar, y

sólo hizo que me sintiera más resuelta a ser alguien.

Bebí solamente durante cinco años, pero al echar

23

una mirada en retrospectiva, es aparente que bebía

alcohólicamente desde el mismo principio. Cuando

bebía, otra personalidad asumía su dominio sobre mí

— una personalidad que no me caía bien. Tengo tres

hijos. Uno nació durante las últimas etapas de mi

enfermedad, y hoy, me parece, se nota la diferencia

en su personalidad.

Durante mis años de bebedora, era infiel a mi

marido. Le echaba la culpa de mi infelicidad a él, o al

hecho de que era demasiado joven cuando me casé.

Era insaciable, vacía adentro, buscando la felicidad en

el fondo de la botella.

No frecuentaba los bares. La mayoría de las veces,

bebía en casa. El trabajo de mi marido le requería

ausentarse a menudo de la ciudad. Esperaba unos

treinta minutos después de que él salía de la casa, y

luego me dirigía al almacén de licores, compraba mi

suministro, me volvía a casa y bebía sin tregua hasta

perder el conocimiento. Me hundía en lo que más

tarde aprendería a reconocer como “una racha de

autocompasión,” llamaba a mis amigos para invitarles

a una fiesta. Sin embargo, al poco rato, estos sentimientos

se convertían en remordimientos y culpabilidad.

No tenía ni siquiera la sospecha de que era

alcohólica. No sabía lo que significaba ser alcohólica.

Creía que mi marido causaba todos mis problemas, y

decidí divorciarme.

Una tarde, sentada en el sillón escuchando la radio

o mirando la TV, no puedo recordar el qué, oí una voz

que decía, “Si tienes un problema con la bebida, llama

a este número.” Me habían dicho que bebía en

demasía — ¿Por qué no llamar? Si el locutor hubiera

dicho, “Si eres un alcohólico…”, nunca habría telefoneado.

Por curiosidad, telefoneé. Una mujer muy

amable me preguntó si necesitaba ayuda para un

problema con la bebida; me preguntó si podía mantenerme

sobria durante 24 horas, y le respondí que

no. Me dijo que cualquier persona podía mantenerse

sobria durante 24 horas. Me sentí ofendida y colgué.

Yo también era una de esas “alcohólicas lloronas”,

así que naturalmente volví a llorar. Al día siguiente,

me desperté, empecé a beber y me acordé de haber

llamado a A.A. el día anterior y me decidí a llamar

otra vez. Hablé con la misma mujer, me propuso

hacer que alguien me llamara y me llevara a una

reunión. Rehusé ir, colgué, lloré y volví a beber.

Llamé otra vez, y le pedí que me enviara a alguna

información. Lo hizo, la leí, le llamé de nuevo y me

dijo dónde se efectuaba la reunión. Era una reunión

abierta. Pedí a una vecina que me acompañara esa

noche. Un señor estaba hablando. No recuerdo nada

24

de lo que se dijo, excepto que una mujer me dio un

“paquete de principiantes” que contenía nombres, y

me pidió que llamara a alguien antes de tomar la próxima

copa. También me dijo que siguiera viniendo.

Esto ocurrió hace 21 años. Siempre he creído en

Dios. En A.A. lo llamamos un Poder Superior, y por

eso me era fácil aceptar este aspecto del programa.

Me dijeron que pidiera la ayuda de mi Poder Superior

cada mañana y que le diera gracias cada noche. En

A.A. existen solamente sugerencias, no reglas, y esto

me conviene. Me parecía que siempre me habían

dicho lo que tenía que hacer, y esto, para mí, no funcionaba

bien.

Hoy asisto a las reuniones para recordarme a mí

misma que, a pesar de haber mantenido mi sobriedad

durante algunos años, sólo un trago me separa de la

próxima borrachera. Alcohólicos Anónimos me ha

deparado la posibilidad de reanudar mis estudios,

algo que siempre he deseado hacer. En un plazo de

algunos meses, me otorgarán mi título superior en

sicología. Cosas así sólo pueden ocurrir en A.A. Los

instrumentos se encuentran disponibles allí; no tenía

que hacer más que mantenerme sobria y utilizarlos.

Hoy, como consecuencia del programa de A.A., he

vuelto a ser responsable. Tengo un buen trabajo que

me permite compartir una parte de mí misma tanto

con los alcohólicos recuperados como con los que aún

están sufriendo. Para mí sigue funcionando — un día

a la vez.

¿Qué es el Programa de A.A.?

La introducción más informativa a Alcohólicos

Anónimos y la manera más valiosa de hacer funcionar

su programa, se encuentran en el mismo lugar: las

reuniones de A.A. Estas reuniones, que se efectúan

regularmente en pueblos de todas partes del mundo

(actualmente, en más de 150 países), se clasifican en

tres categorías: abiertas, cerradas, para principiantes.

Cualquier persona, tanto alcohólica como no alcohólica,

puede asistir a una reunión abierta; puedes llevar

contigo a un pariente o un amigo, aun cuando tu

compañero no tenga problemas con la bebida. Al

mirar a tu alrededor en una reunión de A.A., no

podrás distinguir, sólo por apariencias, a los alcohólicos

de los no alcohólicos.

Asistir a una reunión de A.A. no supone ningún

compromiso. Siéntate tranquilamente y escucha a los

miembros de A.A. contar sus historias personales y

explicar cómo el programa de A.A. de recuperación

ha cambiado sus vidas. Estarás mejor preparada para

25

aprovecharla al máximo, si llegas a ella en la condición

más sobria que puedas, con una mente abierta y

lista para considerar ideas que pueden ser nuevas; y

si estás dispuesta a aprender más de ti misma a través

de tu identificación con los demás. Las reuniones de

A.A. nunca son meras conferencias o sermones; siempre

son oportunidades para compartir.

Mientras que todo aquel que lo desee puede asistir

a una reunión abierta, la asistencia a las reuniones

cerradas está limitada a los que saben que son alcohólicos

o creen que pueden serlo. En las discusiones

informales que forman la mayor parte de estas últimas,

los participantes consideran los medios para

lograr y mantener una feliz sobriedad, así como para

enfrentarse tanto a las situaciones cotidianas como a

las crisis ocasionales, sin el alcohol.

En las reuniones de principiantes, las discusiones

se centran en la tarea primordial — cómo mantenerse

alejado del primer trago, un día a la vez. Oirás sugerencias

prácticas y útiles hechas por personas que

han estado donde tú estás ahora y que, desde

entonces, llevan muchos días sobrias. La experiencia

compartida de los miembros sobrios de A.A. constituye

la cuerda de salvamento hacia la sobriedad. Sin

importar cuánto tiempo haya pasado desde que un

A.A. tomó su último trago, él o ella siempre dicen:

“Soy alcohólico.” Los A.A. reconocen el hecho de que

padecen una enfermedad crónica y agradecen la

ayuda que la Comunidad les presta en el proceso continuo

de su propia recuperación.

Dónde encontrar A.A.

La ayuda es fácil de obtener en la mayoría de los

pueblos, suburbios y ciudades (en donde se encuentran

a menudo muchos grupos locales de A.A.). En

las áreas rurales, los miembros conducen alegremente

largas distancias si la reunión no se efectúa en

las cercanías.

Los que se ven incapacitados físicamente para asistir

a las reuniones, y los que residen lejos de

cualquier grupo de A.A. pueden, sin embargo, disponer

de ayuda. Una miembro de la región medioeste,

después de sufrir un accidente, se creyó aislada.

“Tenía que quedarme en un sillón de ruedas, y sabía

que estaría así durante muchos meses. Por eso

escribí a la Oficina de Servicios Generales de A.A.,

diciéndoles que me gustaría mantener correspondencia

con otros miembros. Empecé a recibir una lluvia

de cartas. Creía que no tenía ni siquiera un amigo

en todo el mundo, y de repente los tenía en todas

26

partes. Lo más estupendo es que, a través de Dios y

Alcohólicos Anónimos, podemos extender la mano de

la hermandad por correo. Muchas mujeres escriben

con sus problemas personales; los discutimos. Nos

ayudamos unas a otras — en realidad, estoy recibiendo

más que nadie.”

Los Solitarios (o Miembros Solitarios) de A.A.

cuentan con las cartas, con el boletín Loners

Internationalists Meeting (en inglés) — una reunión

por correo — y a veces con la palabra hablada (a

través de grabaciones), como sustitutos para encontrarse

con los demás miembros. Disponen también de

otro recurso importante — la literatura de A.A. (los

títulos aparecen en una lista en este folleto), particularmente,

los libros Alcohólicos Anónimos (el Libro

Grande) y Doce Pasos y Doce Tradiciones.

Los Doce Pasos (reproducidos en su totalidad en la

página 29), que a menudo se mencionan en las historias

que acabas de leer, y sobre los que se discute regularmente

en las reuniones, son el corazón del programa

de A.A. No están basados en mera teoría; los

primeros miembros de la Comunidad analizaron juntos

lo que habían hecho para ponerse sobrios y mantener

su sobriedad. Los Pasos son un resumen de su

experiencia, y sirven de guía hacia la recuperación

espiritual que hoy en día surte efecto para más de un

millón de alcohólicos.

Sí, A.A. es un programa espiritual pero no un programa

religioso. Aunque se menciona a Dios en los

Pasos, a Su nombre siempre le siguen las palabras

“como nosotros Lo concebimos,” dejando así que todo

miembro individual lo interprete a su manera. Cuando

oyes a los A.A. agradecer a un Poder Superior el

haberles dado la sobriedad que no podían lograr por

sí mismos, la mayoría de ellos se refieren a Dios. No

obstante, algunos expresan su gratitud al poder superior

que representan su propio grupo o la Comunidad

en su totalidad, por haberles capacitado para hacer lo

que solos no podían.

En otras palabras, los enfoques religiosos de los

miembros no tienen mayor importancia para su pertenencia

a la Comunidad de lo que lo tienen su edad,

sexo, raza o nacionalidad. En la apertura de la mayoría

de las reuniones de A.A., oirás palabras que significan

precisamente esto: “El único requisito para hacerse

miembro de A.A. es el deseo de dejar la bebida.” Para

el alcohólico activo, la apremiante necesidad es dejar

de beber. El programa de A.A. empieza con esta

necesidad esencial — y luego sigue mucho más allá.

¿Cómo encuentran las mujeres su camino hacia

A.A.’? Si has tomado este folleto en una reunión, ya

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estás con nosotros, y te damos cordialmente la bienvenida.

En muchos pueblos, el número de teléfono de

A.A. está en la guía de teléfonos, y puedes llamar para

enterarte de los lugares y las horas de las reuniones.

Muchas mujeres asisten a su primera reunión en el

hospital, la prisión o la institución de tratamiento en

que se encuentran. Otras son dirigidas hacia A.A. por

consejeros en sus escuelas o lugares de empleo.

Muchas son enviadas por médicos, siquiatras o clérigos;

otras son puestas en contacto con A.A. por amigos

familiarizados con el programa. (Aunque se

supone que, fuera de la Comunidad, los miembros

respetan cuidadosamente el anonimato de sus compañeros,

la mayoría de ellos desean informar a su

familia y sus amigos íntimos sobre su propia pertenencia

a A.A.)

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